LOS FRUTOS DEL PENSAMIENTO de ORISON SWETT MARDEN

 






La mente caracteriza al hombre, y nuestro vigor está en nuestra alma inmortal.

OVIDIO


NADA debilita nuestra potencia creadora tan fácilmente como la costumbre de tenernos lástima y condolernos de nosotros mismos, porque con ello se destruye la confianza propia y ciéganse las fuentes del valor y la energía.


Quien desee realizar potentes y vigorosos esfuerzos, debe abrir la puerta a la manifestación de su ser, sin restricciones de ninguna clase.


Desde el momento en que os lamentéis de vosotros mismos y creáis que no podéis hacer esto o lo otro, se subordinan vuestras facultades a esta disposición mental, de modo que debiliten y anonaden vuestra potencia creadora.


Conozco a un hombre de natural capacidad, en quien el constante análisis de sus cualidades físicas y mentales engendró tan morbosa convicción de su impotencia, que le redujo rápidamente a un estado de descorazonamiento e inutilidad. Es tan aprensivo, que le parece tener síntomas de todas las enfermedades y le han de guisar platos aparte. Cuando todos se abrasan de calor, él quiere cerrar las ventanas para no resfriarse. Siempre anda a vueltas con anuncios, prospectos y folletos de específicos, por si encuentra la descripción de sus imaginarias dolencias, y cada vez que tropecéis con él os dirá, de seguro, que tiene síntomas de alguna nueva enfermedad.


De continuo está pensando en sus alifafes, condoliéndose de sí mismo y creído de que van a sucederle 
cosas horribles. Está convencido de que todo cuanto emprenda le ha de salir mal.


En vano le dicen los médicos que no tiene nada, que todo es aprensión suya. Sigue lamentándose de imaginarios males y poniéndose limitaciones de todo linaje, hasta degenerar en hipocondríaco incurable. Sus aprensiones le echan a perder, sin que padezca enfermedad alguna. Es víctima de su imaginación.


Tal es el hombre que, espléndidamente dotado por la naturaleza, se arrastra a lo largo de su camino, cuando debiera recorrerlo con paso firme, y no pasa de hacer cosas de poca monta, pudiendo haber sido capaz de altas empresas, todo por enfocar su pensamiento en sí mismo hasta convertirse en esclavo de su aprensión.


Nadie podrá realizar nada grande mientras entorpezca sus facultades con las limitaciones y estorbos que él mismo se ponga. Nadie puede ir más allá de sus convicciones. Desde el punto en que se imagina estar enfermo y que no puede hacer una cosa, no logra hacerla.


Todo cuanto contribuya a robustecernos y vigorizarnos físicamente, vigorizará también el sistema nervioso, librándonos de las aprensivas imaginaciones de males, cuya mejor y más saludable medicina es el equilibrio mental.


Al ver un famoso especialista en enfermedades nerviosas que ningún resultado le daba la receta de drogas terapéuticas, trató de inducir a sus enfermos a que estuviesen siempre sonrientes en cualesquiera circunstancias, y su receta para los melancólicos era dilatar la comisura de los labios. El procedimiento obró como por ensalmo, porque al dilatar aquellas no tenían los enfermos más remedio que reír, fuese cual fuese su grado de acatamiento y melancolía. El médico decía: “No deje usted de reír. A medida que dilate usted hacia arriba las comisuras de los labios, sin pensar en su estado de ánimo, verá usted cómo siente de otra manera. En seguida ponga usted la boca natural y notará que, verdaderamente, alguna influencia hay en dicha disposición de los labios.”


Este especialista determina en sus enfermos la emoción de la alegría por medio de la actitud física de la 
risa, que es la manifestación fisiológica de dicha emoción. En cambio, el mismo especialista dice que dilatando hacia abajo las comisuras de los labios con suficiente fuerza de voluntad saltan las lágrimas, por ser esta actitud la correspondiente a la emoción de tristeza.


Nuestra salud suele estar tan quebrantada, entre otras razones, porque desde niños se nos ha imbuido la 
idea de que el dolor y el sufrimiento físico son inherentes a la vida como necesarios males imposibles de evitar. Así resulta que la robusta salud es la excepción y que aceptamos tan infeliz estado de cosas como una especie de hado ineludible.


El niño oye hablar tanto de enfermedades y tan a menudo se le previene contra ellas, que va creciendo con la convicción de que son ley de la vida, y por ello teme que a cualquier hora quebranten su salud. Pensemos cuánto favorecería al niño si, en opuesta educación, le enseñáramos que la salud es el estado normal y la enfermedad el anormal.


Pensemos en cuán gran beneficio recibiría el hombre si desde niño esperara mantenerse en completa salud, en vez de alimentar en su conciencia el opuesto convencimiento oyendo constantemente hablar de enfermedades y sufriendo amonestaciones contra el riesgo de contraerlas.


Al niño se le debe enseñar que Dios no engendra jamás la enfermedad ni el sufrimiento ni se complace en nuestras penas, sino que estamos destinados a la salud y la felicidad, cuyo resultado es el gozo y nunca el sufrimiento. La índole de nuestros pensamientos determina la índole de nuestra conducta. No podremos tener salud si, por ejemplo, estamos siempre pensando en la anemia cerebral o en la neurastenia. Si la vitalidad mengua, bajará de nivel la vida y correlativamente la facultad de
gozarla.


Cuanto más feliz seas menos energía consumirás, y cuanta menos energía consumida más vitalidad tendrás y menos propenso estarás a las enfermedades. Cuando el organismo esté henchido de energía vital, no contraerás enfermedades.


Ya desde niños deberíamos habituarnos a desechar todo pensamiento insano, desagradable y corrosivo. Todas las mañanas deberíamos levantarnos con la pizarra en blanco y borrar de nuestra mente toda pintura discordante, para substituirla por otras armoniosas, realzadoras y vivificantes.



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EL CAMINO HACIA LA FELICIDAD de KWAN YIN - INTEGRACIÓN PERSONAL

 


LIBRO






Ser feliz representa el acto supremo de comunión entre el ser y la vida que lo rodea; ser feliz es integrarse internamente con su mente, sus emociones y sus sentidos, y a la vez, fundirse con todas aquellas cosas que lo rodean. Cuando la mente y las emociones están atentas a los mensajes del mundo físico existe integración; cuando el ser humano desfasa sus pensamientos mandándolos hacia un pasado o hacia un futuro hipotético, decimos que el ser humano está desintegrado.


Integración consciente. En la práctica diaria de ser feliz, es preciso abocarnos a la tarea de la integración, pero consciente, hay múltiples trabajos en los que el ser humano se encuentra, mental, emocional y físicamente, unido, integrado, dedicado a la ejecución de una determinada acción o tarea; sin embargo, todo esto se hace de una manera inconsciente, automatizada, perdiendo el sentido de lo que es estar vivo y estar disfrutando de la existencia física. Cuando el ser humano pueda trabajar normalmente, pero a la vez, estando consciente de su responsabilidad de ser feliz, en ese momento tendremos una mutación, un cambio en la naturaleza interna del ser, en los procesos mentales, en la calidad de las emociones, e incluso, en la percepción física de lo que lo rodea.


La disciplina de la integración. La disciplina de la integración implica que el ser humano debe permanecer con su atención mental y emocional puesta en aquello que su cuerpo físico está realizando; si esto se logra hacer disciplinadamente, al menos treinta minutos al día, estaremos cultivando a un nuevo ser, que vendrá a la manifestación, en el momento que la integración sea lo suficientemente completa como para establecer el contacto directo con el ser interior. En otras palabras, experimentando la integración en el presente, el ser pone en marcha un proceso de expansión continua de conciencia que lo llevará de una manera automática y rápida, a establecer un antakarama, es decir, su contacto con la mente superior, con el ser superior, con su Dios interno.


El primer principio: Nadie puede darme la felicidad, sólo yo debo conseguirla.


La mutación, aunque no puede ser explicada, en principio, debe representar el despertar hacia una nueva vida, el despertar hacia una nueva realidad, el abandono de los moldes y viejas ideas, y el descubrimiento de nuevos conceptos y emociones que enriquecerán, notablemente, la vida del ser, por eso es que decimos en nuestro primer postulado: Nadie puede darme la felicidad, sólo yo debo conseguirla. ¿Dónde reside el valor de esta afirmación? Más allá de nuestra pueril significación de lo que es felicidad, tenemos que encontrar el verdadero sentido de la palabra; la felicidad es un estado de conciencia, no es un goce pasajero, ni es un estado armónico transitorio, no debe estar asociado a ciertas causas externas, porque entonces deberíamos llamarlo de otra forma, pero no felicidad.


La gran diferencia entre la felicidad que proviene de la integración en el presente y la felicidad que se logra mediante el haber alcanzado ciertos objetivos, o el haber sucedido ciertas cosas, reside en la permanencia de la primera y en la temporalidad de la segunda, es decir, el ser humano, en el primer caso, alcanza la felicidad como un estado normal del ser y empieza a vivir en él; en el segundo caso, la felicidad sigue dependiendo de que las condiciones externas se mantengan y no cambien. La felicidad es inenarrable. Si observan, la felicidad a la que he venido refiriéndome no es conceptual, es una experiencia real, vivida, experimentada únicamente por el ser, e imposible de ser transmitida a otras personas por ninguna vía; la felicidad es algo personal, es algo que sólo el ser comprenderá una vez que la haya experimentado, y, cuando esto suceda, la descripción que podría hacer de ella a otras personas, resultará tan vacía, que en definitiva no podrá ser descrita ni imaginada por los demás. Haciendo una recapitulación de lo dicho hasta ahora, podríamos afirmar, que los diez principios tienen su razón de ser, en el hecho de que la felicidad es un logro personal y que únicamente será alcanzado cuando el ser humano realice una transformación en sus procesos mentales, en sus actitudes hacia su vida externa y descubra el maravilloso mundo del presente; estamos hablando entonces, de una nueva forma de pensar, de sentir y de vivir la vida.

páginas 15 y 16 del Libro El camino hacia la Felicidad


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